El Estado despilfarra nuestros impuestos

Los gobernantes dilapidan el dinero que recaudan por la fuerza mediante decretos alevosos. Si esto continúa no sería extraño que la mejor forma de impedirlo es esconderles la mayor parte del dinero ganado en detrimento a su distribución y acercándonos con la informalidad o el fraude.

En todo el mundo el está desbordado, si bien en algunos países, y especialmente en algunos de los más desarrollados, las cifras llegan a ser escandalosas. Los políticos, subjetivos intérpretes de la voluntad de sus gobernados, meten la mano en los bolsillos de éstos y se quedan un buen pellizco de lo que encuentran, a veces más de la mitad. Después se dedican a jugar a ser Dios y dilapidan inmensas fortunas de la manera que les dicta su particular visión del interés general.

En la mayoría de los países los bebés nacen económicamente lastrados por deudas millonarias contraídas irresponsablemente por los políticos de la generación de sus padres y abuelos. Del cuerno de la abundancia que es la recaudación por la vía coactiva de los , los Estados sacan fortunas inabarcables que después arrojan a los pozos sin fondo de las empresas públicas deficitarias, los servicios públicos de cuarta y el empleo de millones de funcionarios prescindibles.

Pero, antes, de esos fondos salen también enormes sumas que van a parar a partidas presupuestarias secretas para que el Estado emprenda acciones inconfesables, desde el espionaje hasta la guerra sucia o el soborno a gobiernos extranjeros. Y, naturalmente, mucho de nuestro dinero va a parar a las manos corruptas de cientos de políticos y altos funcionarios que en la economía real jamás habrían hecho fortuna sin que les pase nada. Con todo, lo peor es el inmenso poder que estas fortunas confieren al aparato estatal.

La economía estatal y su

La constante y machacona asociación de los llamados “paraísos fiscales” como el lavado de dinero procedente de actividades ilícitas responde en realidad a una permanente campaña de calumnia por parte de los países de alta tributación. El dinero sucio se lava, principalmente en la bolsa y en los mercados inmobiliarios, no en los centros financieros offshore, mientras el dinero bien ganado y que revisa los planes de contabilidad de la caja fiscal como parte de la recaudación nacional desaparece y va a las arcas de los corruptos de turno.

Un política fiscal respetuosa con los ciudadanos, firmemente comprometida a no cobrar impuestos directos y a mantener los indirectos en los níveles mínimos, es una receta segura hacia el éxito económico, al atraer capital del mundo entero que huye del inmoral expolio al que se le somete en otros lugares, y al asegurar a los ciudadanos propios una libertad económica que será la clave de su éxito y bienestar individual y colectivo.

El Estado cobra mucho dinero en impuestos (y siempre indirectos) se puede permitir unos servicios públicos de lujo para sus habitantes (entre los que no hay ni un solo pobre desde hace décadas) y encima le sobra dinero para ser enormemente generoso en su ayuda exterior. Pues entonces está claro que algo falla en los “infiernos fiscales” y sí funciona en los países otros países.

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Escrito Por: Lorena Martín

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